Leyendas cortas muy cortas de mi tierra

Leyendas cortas muy cortas de mi tierra

Esta es una de esas leyendas cortas muy cortas que suelen ocurrir en el centro de la ciudad en donde habito. Lo curioso de esta historia es que este fenómeno sólo se da en la época decembrina.

Las calles céntricas son adornadas con ornamentos de gran tamaño y luces multicolores. Por los callejones, se puede ver a la gente transitando, cargando pesadas bolsas: unas con obsequios y otras tantas con víveres.

Se dice que en una de esas calles, la que está próxima a la catedral metropolitana, aparece una mujer vestida de con un abrigo quien permanece en la esquina sin hacer ningún movimiento. Sin embargo, si alguna persona se le acerca a preguntarle la hora, es cuando los transeúntes se percatan de que aquella es una criatura horripilante.

La piel y los músculos ya se le han desprendido de los huesos. No obstante, el tono de estos no es blanquecino sino rojizo. Tampoco tiene ojos y de sus cuencas salen de vez en cuando gusanos y otro tipo de alimañas.

No se sabe por qué dicho espíritu sólo reacciona cuando alguien se le acerca a pedirle la hora. Algunos de los testigos que la han visto, me han dicho que lo más probable es que se trate del alma de una mujer que se haya quedado esperando al amor de su vida en esa esquina por largo tiempo.

Al ver que no llegó a la cita, la mujer no se decepcionó ni se fue a su casa enojada, sino que tal vez creyó que algo le había ocurrido a su prometido y por tanto debía aguardar ahí noche y día hasta que su vida se consumió en parte por el sufrimiento, mientras que por otro lado, también fue debido a los abruptos cambios climáticos que hay en la ciudad.

La lección de esta leyenda corta es que cuando pases por las calles del centro, evites preguntarle la hora a las mujeres con abrigo que se crucen por tu camino.